Dos nuevos jueces y sus pensiones

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Dos nuevos jueces y sus pensiones

Mensaje  Administrador1 el Mar Nov 09, 2010 1:56 pm

07 Noviembre 2010 SupremoAhora que el Tribunal Supremo de Puerto Rico va a engordar con dos nuevos jueces -y eso no tiene marcha atrás-, yo creo que vale la pena hacer un paréntesis en un aspecto que resulta indignante para muchos ciudadanos, y que ya es hora de que se debata por lo claro y se señale como lo que es: un soberano oprobio.
Se supone que los jueces del Supremo se retiran a los 70 años. Algunos no se toman el trabajo de esperar a cumplir esa edad. Pueden retirarse a sólo ocho años de haber asumido el cargo, así que no tienen que llegar estrictamente a los 70 para acogerse a los beneficios del retiro.
Lo importante es que, llegado ese momento, recogen su oficina y se marchan a su casa con una pensión que equivale al cien por ciento del salario: alrededor de $120,000. Si fallecen antes que sus cónyuges, la viuda o viudo seguirá recibiendo el cien por ciento hasta el final de sus días.
Obviamente, es un retiro más que honorable. Y habrá a quien le parezca un exceso, pero en todo caso se puede alegar que son personas que han ocupado un cargo de gran responsabilidad jurídica. Que han tenido acceso a información sensitiva y situaciones de extrema confidencialidad. Y que, en ocasiones, cuentan con una notable trayectoria de estudio, laboriosidad y decoro.
Sin embargo, resulta inaudito que, a las pocas horas de haberse retirado, cuando todavía no se ha enfriado la silla que dejaron vacía en las oficinas del Supremo, ya estén en los tribunales litigando y representando a sus nuevos clientes, e incluso llevando casos contra el propio pueblo que paga la pensión de lujo.
¿Es admisible esto? ¿Es ético, honesto, leal desde el punto de vista ciudadano?
Nadie pretende que se queden en la casa cultivando bonsais. Pero hay muchas cosas que pueden hacer -con un ingreso fijo, asegurado, de más de $100,000 anuales-, sin necesidad de meterse de inmediato en las salas de unos jueces donde aún conservan cierta autoridad y una influencia que no se diluye de la noche a la mañana.
En un litigio entre dos partes, el que tenga más dinero correrá a contratar al ex juez del Supremo que se las sabe todas. El infeliz de la parte contraria quedará alicaído con el abogado que ha podido agenciarse y que a lo mejor es bueno, pero no estuvo en el Supremo. ¿Quiero decir con esto que los tribunales son corruptos y tienden a favorecer al que ostentó el poder y aún conserva las conexiones?
Por supuesto que no. Quiero decir que hay un factor humano, sicológico incluso, que va a influir en el trato que recibirá ese ex juez cuando se presente a un juicio, cuando vaya a dialogar fuera de sala, o cuando despliegue sus tácticas y trate de intimidar al contrincante. Durante mucho tiempo, sus subalternos han estado mirándolo con reverencia y admiración. No debería entonces ponerse en posición de inclinar la balanza a su favor. Lo elegante -qué digo elegante, ¡lo decente!- es que, recibiendo esa enorme pensión que recibe, y que uno supone que le dan precisamente para eso: para evitar las sombras, el clima de desconfianza y la murmuración, se abstenga de presentarse en los tribunales y mostrarse tan ansioso por hacer valer su nombre, tan decidido a meterle el diente a los casos donde corre de verdad el dinero. Porque esa es otra: los casitos humildes no les interesan.
Si tantas ganas tienen de trabajar (cosa que se comprende, aunque tengan 80), podrían hacer trabajo social; estudiar cuestiones jurídicas y constitucionales; intervenir de mil maneras en el debate público y ayudar al País, que se dice pronto y suena trillado, pero es lo menos que se merece una economía pobre, una isla quebrada, una ciudad oscurecida, y una población que se las ve y se las desea para llegar a fin de mes.
Nadie alza la voz contra este escándalo de las pensiones supremas y la vuelta a la práctica privada, porque en esto están metidos ex jueces de todos los colores, con sus familias, sus allegados políticos y el entorno de su vida social. Y ahora, con más jueces, abrimos las puertas a más pensionados de lujo -y a las viudas y viudos- todos calladitos allí, contentos de que recibirán el cien por ciento del salario y de que, encima, a las pocas horas de acogerse a la jubilación, tocará a su puerta un fulano con dinero de sobra buscando que lo representen. Si el caso es contra el pueblo de Puerto Rico, mala suerte. Mala suerte para el País, quiero decir. El ex juez cobrará por los dos lados: del cliente que lo contrata, y del apaleado pueblo que le costea la pensión.
La fe, que se desplome entera, pues aquí no hay solución a la vista. Al fin y al cabo, son los jueces del Supremo los que tienen la última palabra en esto como en tantas cosas que los tocan de cerca. Y no harán nada que los perjudique. Así que dos jueces más de los que ya tenemos -o cinco o diez- sólo hacen añadir insulto al deterioro.
El Tribunal Supremo ha tomado el oscuro desfiladero de la decadencia. Y lo de convertirlo en sucursal de un partido político es el puntillazo final. Pero no olvidemos que los inescrupulosos de antes, los desprestigiados de siempre, también han puesto su granito de arena.
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